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Mendoza

Cultura El Quijote Verde Domingo, 17 de Febrero de 2019

Bajo las altas cumbres

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats. Hoy, reside en Miami y colabora con MediaMendoza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas.

Domingo, 17 de Febrero de 2019
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17/02/2019


    El sol acariciaba las majestuosas laderas, estimulando al arroyuelo que, serpenteando cantarín entre los peñascos, buscaba el rio allá abajo. Marzo del 2019, plena época de deshielo en las altas cumbres mendocinas y, como venía aconteciendo últimamente, debido al marcado cambio climático, la cantidad de nieve acumulada en el invierno era inferior a la de la temporada pasada. Esto permitía que zonas que habían estado por milenios ocultas, aparecieran ahora libres de hielo.

    Matizando un cielo rabiosamente azul, una docena de cóndores planeaban en lo alto, nerviosos ante el acontecimiento que perturbaba sus rutinas. Sus ojos enfocaban el inusual escenario. Un par de escarbadoras recogiendo los restos de roca dejados por explosivos recientemente detonados. Un grupo de trece uniformados colaborando en la faena y, como a unos setenta metros, José, Julio y Javier Torres, quienes observaban, sumamente entretenidos, las actividades. Esa mañana bien temprano los mapuches habían salido a buscar un grupo de chivas extraviadas días atrás. No tenían la más pálida idea de lo que gendarmería podía estar haciendo allí, en el medio de la nada, a ciento y pico de kilómetros del retén San Gabriel y a como diez leguas del paso Cajón del Maipo.

    El mayor Vílchez los observó enojado, exclamando con un potente vozarrón que retumbó hasta escapar a cielo abierto:

    —¡Alférez Pichinini, venga inmediatamente para acá!

    El colorado empalideció ante el grito de su superior. Tras subirse los pantalones que traía a mitad de nalgas y largar la piqueta, se acercó a los tropezones.

    —¿Dígame jefecito?

    —¿No te dije que me acordonaras la zona y que nadie se arrimase a chismear?

—Si mi mayor.

—Entonces… ¡qué carajos hacen esos tres guevones allá arriba!

El fastidiado oficial le hizo señas para que se apurase y volvió a posar su atención en la estructura de metal que comenzaba a aparecer, asomando brillante bajo el macizo rocoso. Parecía de acero y no tenía ni un rasguño pese a las dinamitas que habían estallado a su alrededor. No era, ni por asomo, lo que pensaba encontrar.

    Cuando el comandante Urtizaga le encomendó la tarea, pidiéndole reserva absoluta, se dio cuenta de que ni el mismísimo capo de la XI estaba bien al tanto de lo que se trataba. Lo llamó a las diez de la noche, dos semanas atrás, justo cuando jugaba su adorado Godoy Cruz por la Libertadores.

—Vílchez, atendeme bien. Sos la persona de más confianza y capacitación para resolver este problemita que nos ha surgido. Quiero pedirte un gran favor, —le dijo con tono paternal.

Roberto supo inmediatamente que no se trataba de un favor. Era una orden y le sería imposible negarse.

—Diga jefecito.

—Haciendo el relevamiento de un posible camino internacional, encontramos una estructura sepultada bajo la montaña. El sonar indica que se trata de algo grande. Quiero que vos y tu gente dinamiten la montaña y encuentren la entrada. Eso sí, total secreto por ahora. Necesito que entres solo y me hagas un detallado inventario de lo que encuentres.

—¿Tienen idea de lo que puede ser?

—Estamos manejando dos posibilidades: un depósito de mercadería contrabandeado de Chile; o drogas, armas, quizás hasta dinero lavado.

—¿En lo más recóndito de la cordillera, bajo tierra y sin una entrada visible?

—¿Bien raro, no? —dijo carraspeando el comandante—. Si no hubiese sido por lo de la ruta, nunca lo hubiésemos descubierto.

Para el mayor Vílchez existían varios elementos que no encajaban en lo que de a poco iba saliendo a la luz a fuerza de bombazos. Sentado en la enclenque silla y bajo una carpa que brindaba cualquier cosa menos sombra, el hombre meditaba confundido.

Tras secarse la transpiración con un sucio y arrugado pañuelo, se preguntó: «¿Quién habría construido esa fenomenal estructura de metal? ¿Cómo podía ser que la puerta estuviese enterrada bajo un metro de roca? ¿Por dónde accedían al interior? ¿Qué material era ese, acero, un raro aluminio? ¿Por qué no se había encontrado un camino, o una senda que condujese hasta allí? Al menos una pista de aterrizaje, un helipuerto.»

—¡Usa el sentido común betito! — exclamó en voz alta. Le resultaba estúpido pensar que hubiese mercadería contrabandeada, armas, droga, o algo por el estilo. Esta gigantesca caja,  ¿de acero?, debe haber estado sepultada allí por siglos, tal vez milenios. Solo así podía explicarse la capa de roca que la cubría.

Alberto Sebastián Vílchez, es todo menos un improvisado, sabe bien de lo que está hablando. Si alguien entiende de estructuras edilicias, es él. Se enlistó en el ejército apenas tres años después de graduarse de ingeniero civil y nunca había dejado de estudiar y perfeccionarse. De allí la confianza que el alto mando de gendarmería tenía depositada en él para esa misión.

Atardecía ya cuando la entrada a la misteriosa construcción quedó al descubierto.  En un par de parlantes enchufados al celular del alférez Pichinini, sonaban los nocheros. Mientras se acercaba al conteiner metálico, Vilchez le indicó que bajara un poco el volumen. Tras pararse a un par de metros, lo estudió con detenimiento. La excitación le hacía abrir grande los ojos y respirar agitado. Sin lugar a dudas, se encontraba frente a un descubrimiento que cambiaría radicalmente su vida.

La emoción duró poco. Estaba frente a una pequeña portezuela de, a lo sumo, dos metros por uno. Ninguna inscripción la identificaba, solo poseía un pequeño panel, de unos quince por quince centímetros, ubicado en el medio, del lado derecho. Veinte teclas lo adornaban y sobre cada una de ellas, un signo irreconocible. Abrir esa fortaleza, por lo menos hoy, le iba a resultar imposible y deseaba ser él quien lo hiciera, sin participación de nadie más. Bufó decepcionado y a punto de marcharse, su altímetro emocional dio un sacudón. En la parte inferior derecha de la puerta y casi tapada completamente por el polvo rocoso, existía una línea de signos con su equivalente en puntos. Se le antojó al instante que allí estaba la clave de apertura.

Fue más simple de lo esperado, el símbolo y un punto indicaban que era ese el primer botón a tocar y así sucesivamente, hasta llegar a los veinte símbolos y los veinte puntos. Sin duda estaba diseñado para que cualquiera, con tres gramos de sesos, lo abriera. «Pero… ¿por qué? y ¿para qué? ¿Qué diablos habría adentro?», pensaba por enésima vez el ingeniero al tocar la tecla final. Entonces, suavemente, con solo un apenas perceptible siseo del mecanismo, la puerta comenzó a abrirse.

El mayor de gendarmería Alberto Sebastián Vílchez carraspeó nervioso, entrecerrando los ojos ante la oscuridad que enfrentaba. Aspiró profundamente mientras se ponía el barbijo y agarraba la linterna. Tras aclararle a sus subalternos, con potente vos de mando, que no quería a nadie más fisgoneando allí adentro, junto coraje y entró… continuará.

¡Muy feliz 2019 mis estimados lectores del sur mendocino! Después de este año sabático que me he tomado, regreso junto a ustedes con más ganas que antes. Con un montón de relatos que escribí en estos meses pasados y el gran deseo de compartirlos. Historias tan descabelladas y sin sentido como siempre. Inauguramos entonces la quinta temporada de El Quijote Verde en este prestigioso medio sanrafaelino.  Gracias por acogerme una vez más en su hogar los domingos y piensen que nunca existió mañana en que el sol no alumbró nuevamente…

Walter Gerardo Greulach, el Quijote Verde


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