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Mendoza

Cultura El Quijote Verde Domingo, 24 de Febrero de 2019

Bajo las altas cumbres (Final)

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats. Hoy, reside en Miami y colabora con MediaMendoza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas.

Domingo, 24 de Febrero de 2019
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24/02/2019


Mientras sus ojos se adecuaban a la escasa luminosidad, el cerebro del mayor comenzó a elucubrar las posibilidades ante él desplegadas. Presentía un hallazgo sensacional, un descubrimiento único dentro de esa estructura metálica. «¿Cuál sería si no el sentido de tamaña fortaleza bajo los Andes? ¿Un tesoro antiquísimo de una civilización perdida? O en el caso, y el no abonaba la hipótesis, de tratarse de un depósito utilizado en la actualidad, debería, si o si, encontrarse una puerta secreta de fácil acceso que comunicara con el exterior».

Entonces lo acometió el temor por la existencia de algún dispositivo de seguridad que lo hiciese volar en pedazos al intentar el ingreso. Era raro… rarísimo que se activara el mecanismo de apertura tan fácilmente. Como si estuviera allí intencionalmente, esperando a que algún desconocido llegase. Contuvo el aliento y aguardó unos segundos, no hubo explosión, ni ruido, ni movimiento alguno. Antes de caminar unos cuantos pasos, pestañó tres o cuatro veces, apretando con fuerza los parpados para aclarar la visión. Aun sus ojos no podían distinguir nada. El sudor que empapaba su frente no era producto del calor sino del miedo. De repente había tomado conciencia de lo estúpido e insensato de esta acción solitaria. La curiosidad, pero más que nada la ambición, podrían resultarle fatales.

Otra vez el siseo, ahora a su espalda, le escarchó el corazón. La caja se estaba cerrando. Esos segundos que consumió en la desesperada carrera por los cuatro metros distantes de la salida, le parecieron eternos. La puerta se deslizaba mucho más rápido que antes. Justo cuando el último haz luminoso proveniente del exterior se extinguía, las yemas de sus dedos tocaron el metal.

Por diez minutos quedó pegado a la abertura, sin moverse ni un milímetro. Torrentes de adrenalina inundaban venas y arterias. Un terror nunca sentido, mudo, atroz, lo mantenía petrificado. Al fin juntó ánimo y relajando sus músculos, cayó sentado con sus omóplatos pegados a la puerta.

—¡Tranquilo Betito! —dijo en voz alta con la respiración entrecortada. —Aclara tus ideas, serénate. Vendrán a rescatarte pronto.

El alférez Pichinini estuvo a su lado cuando descifraba el código. Lo comentaron entre ellos. Seguro que en estos momentos tecleaban la clave sobre el tablero. «¿Pero por qué mierda se tardaban tanto? Un niño de jardín podría hacerlo sin problemas».

El absoluto silencio lo desquiciaba. Llegaban a sus tímpanos hasta los mínimos sonidos. La respiración, que abría y cerraba sus pulmones. Los latidos descompasados de su corazón. El simple roce de las manos al moverse contra el aire. El transcurso del tiempo hacia germinar un incómodo e indeseado pensamiento: «¿y qué si la puerta está diseñada para abrirse solo una vez? ¿Y qué si estaba adentro de una ratonera gigante? Pero… ¿por quién y para qué había sido creada?»

Quince minutos más tarde gateaba rumbo a la dirección desde donde inició su inútil carrera. Sus manos tanteaban el suelo buscando la linterna que, en su desesperación, arrojó por los aires media hora atrás. Se maldijo por dejar el teléfono bajo la carpa. Señal no tendría allí adentro, por supuesto. Solo lo habría usado en modo linterna.

Los diversos pedazos del aparato que fue hallando, acabaron con su esperanza. Se sentó hecho un ovillo y temblando escondió su cabeza entre las rodillas. Imbuido en un pesimismo total, llegó a la conclusión que moriría en el silencio y la oscuridad. Sin saber nunca que carajos contenía la caja. Nadie lo iba a echar de menos. Hijo único, divorciado y odiado por su ex, sin descendencia alguna, y con sus padres enterrados media década atrás.

«¿Qué lo mataría primero? ¿La falta de oxígeno o de agua y comida?» Al abrirse la puerta, lo sorprendió el espesor de la pared, más de un metro de metal macizo, fácilmente. No iban a poder traspasarla. Por lo menos antes de una semana y pico, con mucha suerte. Para ese entonces lo encontrarían ya culo pa’ riba. Una curiosa y desubicada idea pinceló en su rostro una sonrisa. Nunca llegaría a ver a su Godoy Cruz campeón, ni a Messi ganando un mundial o aunque sea una copa América.

Reinició la gateada rumbo al fondo de la caja. Cada vez sentía más frio. Se agotaba fácilmente, deteniéndose cada tanto por unos minutos. El aire, súper viciado, le acuchillaba el pecho. Tras cada inhalación la garganta emitía un esforzado silbido. El reinicio le insumia mayor esfuerzo. Y lo más desesperante era el no encontrar nada. La caja parecía putamente vacia. Estaba a punto de dejarse morir, con la triste conclusión de que perdería la vida por nada, cuando le pareció ver allí adelante un trazo amarillo fluorescente. «¿Estaría delirando? ¿Sería eso solo una ilusión óptica?» Entonces se acercó para presionar con fuerza el borde, apenas elevado, de la curiosa línea.

Unos reflectores, de luz azul clara, se encendieron. Emplazados en el techo, iluminaban una especie de banqueta negra ubicada dentro de un cono transparente. Este poseía, aproximadamente, unos cuatro metros de alto por metro y medio de diámetro en su base. En el frente se vislumbraba una puerta con un panel idéntico al ya por él conocido. Giró 360 grados estudiando su alrededor. A no ser por esa enigmática figura geométrica, el lugar se encontraba vacío.

Le dolían hasta los pelos, estaba exhausto y con la mente embotada. No tenía idea cuanto tiempo había consumido gateando de un lado a otro de la caja. Se incorporó estremecido por una sucesión de calambres en las pantorrillas acompañadas por una constante taquicardia. El aire le escaldaba el pecho. Tras avanzar tambaleando rumbo al cono, centró sus ojos en la formula situada a sus pies. Tap, tip, tap, fue tecleando los veinte símbolos y la puerta inicio su movimiento. El oxígeno le entró a borbotones insuflándole vida nuevamente. Una vez sentado, bajó los parpados buscando serenarse. Allí la temperatura era perfecta y el aire… «¡ahhhh que delicia el aire limpio!» Descansó como media hora, sin ganas de abrir los ojos, sintiendo como sus pensamientos fluían libremente. Por primera vez, desde que quedara prisionero, el miedo ya no lo acompañaba, el ritmo de sus latidos se estabilizaba.

Al alcance de la mano, apenas arriba de su cabeza, observó un gran botón rojo. Sobre él, una caja, ahora abierta, le ofrendaba una especie de pequeña mascara que se conectaba, con una manguerita, a la base del asiento. Un leve zumbido lo hizo alzar la vista. La punta del cono ensartada allá en el techo, era rodeada por círculos luminosos concéntricos que giraban a gran velocidad. «¡Algo se está activando», pensó alarmado. «Esto luce como una especie de transporte, de vehículo. ¿Pero cómo funciona?» Llegó entonces a la conclusión de que esa era la entrada y salida tan buscada, además de constituirse en el único pasaporte a su libertad.

—¡Qué sistema más sofisticado que crearon estos hijos de puta! —exclamó sorprendido por el nivel tecnológico de los autores.

Acercó la máscara lentamente y con temor la apoyó contra su cara. Esta se movió cobrando vida, agrandándose hasta encajar perfectamente.

—¡Guauuuu impresionante. Qué sea lo que Dios quiera! —musitó, mientras oprimía con ganas el botón.

Una pantalla holográfica se desplegó a su alrededor. De ella emergieron una serie de rayos purpuras que lo atravesaron de pies a cabeza, como si lo estuviesen escaneando. Un bipeo y cientos de símbolos emergían titilando frente a sus ojos, parecía que en algún lugar se estuviera recabando información sobre su persona.

—¿Qué mierda es todo esto? —dijo Vilchez más intrigado que aterrado.

La silla se movió, amoldándose a sus nalgas y un respaldar increíblemente anatómico se pegó a su espalda y nuca. De él surgieron como una decena de correas que lo inmovilizaron. Las paredes del cono se nublaron, tornándose rojizas y un penetrante zumbido lo hizo perder el sentido.

—Es un espécimen verdaderamente interesante —acotó el encargado del zoológico, rascándose con un tentáculo la protuberancia izquierda sobre su cuarto ojo.

El otro asintió entusiasmado, estudiando a Alberto Sebastián Vilchez, que yacía desvanecido y desnudo sobre una especie de colchón azul cobalto.

—Nunca me imaginé que aun pudiesen quedar esta clase de bípedos inteligente vivos en el universo señor. Los creía ya extintos.

Rodeados por un campo magnético traslucido, un enfermero trabajaba con sus ocho extremidades tratando de reanimar a la flamante adquisición.

—Esta jaula fue puesta hace ya casi un millón de años (uso la nomenclatura terrestre para darles una correcta idea del tiempo mis estimados lectores). Nunca volvimos a aquel remotísimo planeta. No había rastros de vida inteligente por entonces y lo olvidamos totalmente.

—Una excelente incorporación para nuestro zoo, jefecito. Tendremos, sin lugar a dudas, que regresar muy pronto a aquel mundo para traer un puñado de estos hermosísimos ejemplares. Mañana habrá que informar la novedad del colosal hallazgo a la comunidad científica.


Espero que haya logrado entretenerlos con este inédito relatito de ciencia ficción criolla. En siete días les acercaré algo más creíble, mas mundano, ja,ja.

Bajo el sol del imperio del Tío Donald, los despide Walter Gerardo Greulach, el Quijote Verde… eternamente a sus órdenes gente bella del sur mendocino…

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