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Mendoza

Cultura El Quijote Verde Sabado, 22 de Junio de 2019

El ascenso del incorpóreo (parte final)

Walter Greulach es un sanrafaelino nacido en Jaime Prats. Hoy, reside en Miami y colabora con MediaMendoza.com a través de esta columna a la que él llama El Quijote Verde. Esta es otra de sus entregas.

Sabado, 22 de Junio de 2019
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23/06/2019

Un denso y oscuro vapor apareció de la nada, ralentizando mi vuelo. Por unos cuantos minutos me encontré inmerso en una negrura absoluta, en donde apenas lograba circular. Al fin emergí traspasando una especie de manto de nubes doradas. La luz me iluminó descubriendo el inesperado panorama. Sobre el paño brumoso se hallaban dispuestas una infinidad de cajitas palpitando con una luz azul verdosa. Me elevé lentamente, con temor a ser descubierto por algo o por alguien.

Sentí una enorme y aplastante. A como un metro de altura me detuve para investigar los contenedores. De unos treinta centímetros por treinta, parecían hologramas transparentes. Se desprendía de ellos un desagradable ruido, como de cortocircuito. Cada uno relleno por una esfera encendida, a cuyo alrededor, e intermitente, se perfilaban los difusos trazos de un rostro humano. Con el correr del tiempo este halo luminoso se iba apagando y la esfera desaparecía para dar lugar casi instantáneamente a otra, con una nueva cara.

Me insumió un puñado de viajes comprender lo que pasaba. Esas millones de cajitas contenían almas recién desprendidas de cuerpos humanos, a las cuales les estaban succionando la energía. Lo deduje al prestar atención a los hilitos de luz, apenas perceptibles, que se desprendían de la base de los recipientes, elevándose cientos de metros. Levanté la vista (si es que puedo utilizar esa expresión) para divisar allá arriba las monstruosas presencias causantes de mi desasosiego. Unas masas marrones viscosas y repugnantes poblaban el cielo. Entonces me vino a la mente Neo y la saga Matrix, mas yo no era ningún elegido, estaba henchido de pavor. Solo atiné a bajar rajando de regreso a mi cuerpo, a mil kilómetros por segundo, y quedarme tranquilito para siempre, con los pies bien sobre la tierra.

Dos meses después, con la traicionera curiosidad como vela, buscaba ansioso el limbo dorado. Me puse a seguir los rayitos hasta llegar a la misma base de esos seres descomunales. ¿Qué diablos eran esas masas de cientos de metros cuadrados de extensión? Los haces luminosos convergían, de a miles, en cada uno de los tentáculos que colgaban de sus costados. A lo largo del viscoso cuerpo se abrían y cerraban una especie de poros recubiertos por una red mucosa. En la parte superior, se ubicaba una linea de lo que lucían como ojos. Las convulsiones espasmódicas de aquellas viscosidades me producían arcadas. Cabe acotarles aquí que pese a ser un incorpóreo, mantuve siempre las sensaciones de un cuerpo presente. Como cuando un manco o un cojo pierden la extremidad y aun les parece tenerla. Cada tanto esos seres se estremecían iluminándose, transparentando su interior. Una red de gruesas venas concurría a un órgano central que palpitaba arrítmicamente. En el mismo plano, a la distancia, pude observar un sinnúmero de ellos. Al recorrerlos me topé con la sorpresa de que se agrupaban por tonalidad.

Para ese tiempo ya me desenvolvía con suma confianza, investigando, haciendo conjeturas, sacando conclusiones. Sin miedo ya, al comprender que, por una razón de la que no tengo la más puta idea, esas criaturas no me podían detectar. Como si me oviese en una dimensión inaccesible a sus sentidos.

Los sobrevolé durante largo tiempo. Me intrigaba el tema del color, entonces decidí analizar las cajitas bajo cada tonalidad. Resulta que la variación era causa de su alimentación. Cada grupo se nutría con almas de una misma raza planetaria. O sea, allá arriba, no solo se devoran nuestros espíritus, sino los de miles de otras especies inteligentes extraterrestres. En esos recipientes me encontré con rostros de seres inimaginables. ¡Cuán variada es la fauna intergaláctica! Y que poca cosa somos. Simple alimento de seres superiores tan horrorosos que no pudo ni aproximarme a una descripción.

En mis ascensos, antes de descubrir el umbral, me cruce con globos vacíos, traslucidos, que bajaban velozmente. Me insumiría un año más corroborar lo que por entonces ya intuía. Que se trataba de almas descargadas en búsqueda de sus nuevos envoltorios humanos. Al apagarse las esferas, estos globos se desprendían de la parte inferior de las cajas, traspasando la alfombra dorada inmediatamente.

Recorrí por dos años las praderas color oro salpicadas por trillones de contenedores y las bestias inmundas de su cielo. Así fui anoticiándome de cosas que, en vez de resolver mis dudas, abrían nuevos interrogantes. ¿De dónde vienen los pulpos luminosos? ¿Nos regalaron la inteligencia para luego devorarse nuestros espíritus? ¿O solo después de aparecer una especie de este tipo lanzan ellos sus globitos voladores? ¿Estarán todas las razas pensantes del universo sojuzgadas? ¿Hay forma de escapar de esto? Etcétera, etc., etc.

Al fin lo he decidido. Mañana mismo comenzaré a enviar por la red este testimonio. Le llegará a distintas personalidades mundiales. Lo subiré a grupos y páginas del mundo entero. Me conformo con que un individuo, aunque fuese uno, se comunique positivamente conmigo, confesándome haber experimentado algo similar. Alguien que también haya roto el techo dorado. Entonces será feliz, bueno.es un decir. Sentiré al menos que no soy el único esclarecido, el único maldito con tan atroz revelación.

Siempre que todo esto sea realidad y no la pesadilla de un lunático. O lo que sería peor, y últimamente he venido pensando en esta posibilidad, que se trate solo de las divagaciones de una mente viva atrapada en un cuerpo muerto. Que, como en el caso del gringo Julián, me encuentre en estos momentos en coma, en algún hospital, con mis padres llorando a mi lado. Maquinando y maquinando cosas sin sentido.

Atte. Rogelio Humberto Oliva

Pd.: Ahora ya ni siquiera estoy seguro de haber escrito todo esto.

Gracias por seguir los relatos del quijote verde durante los últimos seis años. Un afectuoso abrazo y nos vemos en siete días. A cuidarse mucho mi gente bella del sur mendocino.

W.G.Greulach a sus órdenes