Con más del 85% de las mesas escrutadas en las elecciones legislativas de Israel, el bloque del actual primer ministro, Benjamin Netanyahu, se posiciona al frente del recuento pero sin alcanzar la mayoría necesaria para asegurar el gobierno, dejando el futuro político del país en manos de complejos pactos parlamentarios.
Los comicios para renovar los 120 escaños de la Knesset estuvieron marcados por una participación histórica que trepó al 77,7 %, casi ocho puntos por encima de la registrada en 2022 y la más alta desde 1999, reflejando la polarización social y la importancia histórica que los ciudadanos le atribuyeron a estas urnas tras los eventos de octubre de 2023.
De acuerdo con los datos provisionales de la Comisión Electoral Central, la alianza encabezada por Netanyahu y su partido Likud alcanza los 54 escaños, mientras que el bloque opositor liderado por el exjefe militar Gadi Eisenkot llega a las 49 bancas. Como el Parlamento exige un piso mínimo de 61 diputados para formar una mayoría absoluta, ninguna de las dos fuerzas principales logra imponerse por sí sola, situando a los partidos árabes-israelíes -con unas 17 bancas proyectadas- en un rol determinante para inclinar la balanza.
Mientras la oposición celebra lo que considera un desgaste del oficialismo y busca articular alianzas para desplazarlo, el bloque de Netanyahu resiste con fuerza en ciudades fronterizas fuertemente golpeadas por el conflicto reciente, como Sderot y Ofakim. En paralelo, el presidente Isaac Herzog se alista para definir qué dirigente recibirá el mandato inicial de 42 días para intentar conformar una coalición viable, en un escenario donde los extremos numéricos auguran semanas de intensa negociación política.