La estructura familiar en nuestro país atraviesa una metamorfosis profunda. Tener y criar hijos, que históricamente funcionaba como el eje ordenador de la vida adulta, ha perdido terreno de manera drástica en la escala de prioridades de los argentinos. Este fenómeno, lejos de ser una tendencia pasajera, se consolida en un contexto donde la carga de los cuidados sigue recayendo desproporcionadamente sobre las mujeres, generando tensiones en la calidad de vida y el desarrollo personal.
Este cambio de rumbo se desprende de investigaciones recientes del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral, que comparan la percepción social de la última década. Si en 2015 el 77% de los encuestados consideraba que la crianza era un componente esencial para el bienestar familiar, para 2025 esa cifra se desplomó al 46%. Entre los jóvenes de 18 a 34 años, el desinterés es aún más marcado: solo un 34% le otorga una importancia alta a la paternidad o maternidad.
Los datos son contundentes al exponer la brecha de género: el 73,9% de los hogares monoparentales están encabezados por mujeres. Además, mientras que el 60,6% de las mujeres asume el rol de cuidadora principal en su familia, solo el 44,4% de los varones cumple esa función. Esta disparidad tiene un costo directo: el 44% de las mujeres cuidadoras admite dificultades para sostener proyectos personales, una problemática que apenas afecta al 10% de los hombres en la misma situación.
Al indagar en los motivos de quienes eligen no tener hijos, el factor económico queda en un segundo plano. La razón principal, mencionada por el 57,3% de los consultados, es simplemente que la maternidad o paternidad no forma parte de su proyecto de vida. Otros motivos recurrentes incluyen la falta de una pareja estable, el deseo de priorizar viajes y experiencias, y la búsqueda de crecimiento profesional, lo que refleja una reconfiguración de los deseos individuales frente a las expectativas sociales tradicionales.
Sin embargo, la familia no ha desaparecido del horizonte afectivo. Paradójicamente, sigue siendo la principal fuente de satisfacción para el 43,2% de la población, superando ampliamente a la carrera profesional o los amigos. Este estudio nos deja frente a una realidad compleja: si bien la crianza ha dejado de ser el mandato central, el vínculo familiar se mantiene como el refugio más valorado, planteando el desafío de cómo equilibrar estas nuevas formas de vida con una distribución de tareas más equitativa.