La vieja Terminal de Ómnibus de San Rafael es hoy una postal incómoda de la gestión
municipal. Un megaproyecto anunciado con bombos y platillos, que demandó casi tres años
de obra, que está terminado desde hace alrededor de cuatro meses, pero que sigue sin inaugurarse. Y no por casualidad.
Primero fue la inundación de la playa de estacionamiento subterránea, un problema grave que obligó al municipio a reconocer fallas estructurales y a salir de urgencia a "subsanar" lo que nunca debió fallar. Luego apareció otro error de planificación: la falta total de arbolado.
No sólo no se protegieron los árboles existentes, sino que fueron arrasados sin contemplaciones. La solución improvisada fue colocar grandes maceteros con algunas especies, una salida estética y precaria que no reemplaza ni de lejos el daño ambiental generado.
Pero el principal escollo no fue ni técnico ni ambiental: fue político y económico. Hace aproximadamente dos meses, el municipio largó la licitación de los locales comerciales de la terminal con valores de alquiler propios de un shopping de Capital Federal o de un centro comercial de la provincia de Buenos Aires, absolutamente desconectados de la realidad económica de San Rafael. Para colmo, con contratos de apenas dos años, una condición que espantó incluso a comerciantes con espalda financiera suficiente para invertir.
El resultado fue previsible: nadie quiso alquilar. Muchísima gente se acercó a averiguar, muchos interesados reales, pero todos huyeron despavoridos ante montos siderales y condiciones absurdas.
Ante el fracaso, el municipio hizo lo que mejor sabe hacer: pasar de un extremo al otro. Bajó los alquileres casi un 50%, pero ni siquiera así logró despertar interés. Hoy la situación roza lo grotesco: se ofrecen seis meses y hasta un año de gracia, locales sin pagar alquiler, y en algunos casos incluso con la luz a cargo del municipio.
Todo esto cuando los locales están completamente pelados, sin infraestructura alguna. No tienen luces, ni calefacción, ni refrigeración, ni instalaciones básicas. Un comerciante que ingrese debe invertir desde cero, lo mismo si se trata de un local gastronómico que de un simple kiosco. El riesgo es total, la previsibilidad nula.
El trasfondo del problema parece ser otro: el municipio no quiere repetir el papelón de la nueva Terminal de Ómnibus Néstor Kirchner, que desde hace años está prácticamente abandonada. Sin concesionario, con baños en condiciones deplorables, locales de bajísimo valor, sin una confitería acorde a lo prometido y muy lejos del "polo de servicios" que se anunció en su inauguración.
La pregunta entonces es inevitable:
¿Qué pasará con la vieja terminal?
¿La inaugurarán a las apuradas antes de las elecciones?
¿Lograrán, esta vez, diseñar un esquema serio, transparente y sustentable para alquilar un
inmueble municipal?
¿O estamos frente a otro ejemplo de decisiones tomadas entre gallos y medianoche?
¿Por qué en el municipio nada puede ser claro y todo termina siendo turbio?
¿Por qué después de más de 22 años de gestión, los errores se repiten una y otra vez, como
si no hubiera aprendizaje ni autocrítica?
La vieja terminal espera. La ciudad también.
Ojalá este problema se solucione. Antes o después de las elecciones, cuando sea, pero que se
solucione.