En las últimas semanas, caminar por el centro de San Rafael dejó una imagen que ya empieza a repetirse demasiado: parabrisas decorados con boletas rosadas. Lo que antes eran algunos casos aislados, hoy parece haberse transformado en una constante que genera incomodidad, enojo e incluso indignación entre comerciantes y usuarios del estacionamiento medido.
La queja se repite con distintos matices, pero con un mismo trasfondo: la sensación de que ya no existe margen para el error ni contemplación ante situaciones cotidianas.
"Mi cliente bajó dos minutos a retirar un pedido y ya tenía multa", cuentan comerciantes del centro, cada vez más preocupados por una situación que, aseguran, termina afectando directamente las ventas. En tiempos donde sostener un negocio abierto ya es un desafío por la crisis económica, sostienen que sumar el temor a una infracción termina siendo otro golpe para un comercio que pelea día a día por sobrevivir.
La bronca no pasa únicamente por el hecho de pagar estacionamiento. El problema, dicen, aparece cuando la aplicación del sistema parece no admitir excepciones ni contemplar situaciones mínimas.
Hay quienes denuncian fallas en la aplicación para registrar el estacionamiento, sobre todo vinculadas a los problemas de conectividad a los que estamos acostumbrados en San Rafael. En una ciudad donde la señal muchas veces juega una mala pasada, aseguran que deben esperar conseguir WiFi o recuperar internet para activar el sistema y que, mientras intentan hacerlo, la multa ya aparece sobre el parabrisas.
Otros apuntan a la falta de consideración con los minutos de gracia que contempla el sistema. "Ni los diez minutos esperan", se escucha entre vecinos que sienten que el control se volvió excesivamente estricto.
Tampoco faltan los casos de padres que aseguran haber parado apenas unos minutos para dejar a sus hijos en la escuela, evitando estacionar en doble fila o generar caos en el tránsito, y al regresar encontraron la sanción colocada en el vehículo.
A esto se suma otro malestar creciente: prácticamente ya quedan muy pocos sectores céntricos donde estacionar sin pagar. Para muchos vecinos, la sensación es que el estacionamiento medido se expandió hasta transformar casi cualquier detención en un costo.
En ese contexto, empieza a instalarse una pregunta incómoda en la calle: ¿el objetivo es ordenar o recaudar?
Nadie discute la necesidad de reglas ni de un centro más organizado. Pero cuando los controles empiezan a percibirse como excesivos, cuando el vecino siente que no hay margen de tolerancia y cuando el comerciante teme que un cliente prefiera no ir al centro para evitar problemas, el debate deja de ser administrativo y se convierte en una cuestión que impacta de lleno en la vida cotidiana y en el bolsillo de los sanrafaelinos.
Mientras las boletas rosadas siguen multiplicándose sobre los parabrisas, el reclamo parece cada vez más claro: menos rigidez y más criterio.