La historia vuelve a repetirse con una precisión frustrante en el paso badén que conecta la zona de El Molino con Pobre Diablo, dejando a su paso un tendal de indignación, fuertes sospechas y un corte vial que afecta de manera directa la rutina diaria de miles de sanrafaelinos.
Apenas dos meses después de que la Municipalidad de San Rafael anunciara con bombos y platillos la finalización de una supuesta "intervención integral" -que incluyó la reconstrucción del terraplén, defensas y una nueva carpeta asfáltica de seis centímetros-, la primera crecida importante del río Diamante dejó al descubierto la fragilidad de los trabajos, destruyendo el cruce y dejando la calzada completamente intransitable de forma indefinida.
Lo que para los vecinos y automovilistas que transitan cotidianamente por el sector representa un verdadero dolor de cabeza, una pérdida de tiempo considerable y una muestra evidente de falta de planificación, para el Ejecutivo Municipal pareció convertirse rápidamente en un escenario con justificativo oficial.
Ante el enojo generalizado de la comunidad por la abrupta interrupción del tránsito, desde el palacio municipal salieron a dar explicaciones argumentando que el imprevisto caudal de casi 200 metros cúbicos de agua por segundo -generado por las intensas precipitaciones en la cuenca alta y la consecuente apertura de compuertas en el dique Galileo Vitali- obligó a la activación y erosión de unos "fusibles" de contención integrados en la estructura.
Según sostuvo la secretaria de Obras Públicas de la comuna, Andrea Fichetti, el desprendimiento en ese sector no respondería a un colapso impredecible, sino a un mecanismo previsto durante la reconstrucción para liberar la presión del agua, despejar la corriente y evitar un daño severo sobre el puente principal. Sin embargo, en el boca a boca de los conductores y en los comercios de la zona, la teoría de los "fusibles" suena más a un elaborado argumento técnico de último momento destinado a enmascarar graves falencias en el diseño o en la ejecución de los materiales, que a un sistema de ingeniería avanzado y eficiente.
El malestar central de la sociedad sanrafaelina radica en la falta de durabilidad de los trabajos ejecutados con fondos públicos. La obra realizada sobre la calle Vélez Sarsfield en el brazo Sur del río Diamante, que ya había sufrido destrozos de magnitud durante las tormentas de enero pasado y demandó una importante inversión para su recuperación, volvió a sucumbir al primer embate climático del año. Resulta difícil comprender cómo un proyecto vendido oficialmente como una solución estratégica para revalorizar y dar fluidez al corredor vial de la zona terminó desintegrado en cuestión de horas.
Foto de cuando se completó la obra de colocación de asfalto el pasado 27 de agosto
Mientras la gestión municipal busca atenuar las responsabilidades señalando el enorme volumen de agua derivado por el sector y deslizando dudas sobre el accionar del Departamento General de Irrigación e Hidráulica, la realidad en la calle es ineludible. Quienes viajan a diario entre El Molino y Pobre Diablo se ven obligados a realizar extensos rodeos de varios kilómetros para cruzar el cauce, sobrecargando otros accesos de la ciudad y provocando serias demoras en horas pico. Asimismo, desde los organismos de seguridad y Defensa Civil debieron pedir a la población que evite utilizar pasos clandestinos sobre el río, ante el serio riesgo de sufrir accidentes graves por el arrastre de la corriente.
Por el momento, el paso en Pobre Diablo permanecerá cerrado al tránsito en su totalidad. Las autoridades municipales condicionaron su reacondicionamiento y posterior reapertura al momento en que el caudal de agua baje sustancialmente, lo que permitirá a las cuadrillas evaluar la magnitud real de los daños estructurales e intentar rearmar la calzada.
Mientras tanto, en la comunidad flota la misma duda amarga de siempre: ¿cuántos millones más costará reparar nuevamente el tramo y cuánto tiempo durará en pie la próxima vez que el río vuelva a crecer?