Por: Francisco Mondotte
El problema no es que el mundo esté cambiando aceleradamente, sino seguir actuando como si no pasara nada. Gran parte de las políticas públicas continúan ancladas en diagnósticos del pasado, mientras la natalidad cae en casi todo el planeta, las sociedades envejecen y el orden internacional se debilita.
Persistir en esa inercia es una forma segura de fracaso. La alternativa exige anticipación y visión de futuro: políticas demográficas activas, reconfiguración de sistemas educativos y sanitarios, una estrategia migratoria inteligente y una economía capaz de adaptarse a un escenario global en permanente transformación.
La composición de la pirámide demográfica en Argentina -cuántos somos, qué edad promedio tenemos y dónde vivimos- está modificándose drásticamente. Se estima que, para 2040, la población pasiva superará a la activa. En otras palabras, menos personas en edad de trabajar y un sistema previsional aún más tensionado.
Mendoza no es la excepción. La tasa de natalidad cayó un 13% en sólo un año y más del 40% en la última década. Este escenario plantea riesgos, oportunidades y nuevas demandas en múltiples áreas.
Hay que pensar en una reforma educativa que refuncionalice la infraestructura ociosa y contemple más docentes por aula. También reflexionar sobre qué especialidades médicas serán prioritarias para atender una población que envejece con ritmo vertiginoso.
Sin preguntas incómodas no hay decisiones transformadoras. El turismo que durante las últimas décadas creció significativamente en el sur provincial, a partir del segmento estudiantil y la oferta de aventura, ¿acaso no requiere una sofisticación o una adaptación para satisfacer un mercado que cambia a pasos agigantados?
En el plano agroindustrial, Mendoza debe aprovechar la oportunidad de abastecer la enorme demanda del sur, particularmente de la vecina provincia de Neuquén, cuya población -a contramano de casi todo el país- crece por las migraciones internas impulsadas por el boom de Vaca Muerta.
Las reconfiguraciones demográficas ocurren en simultáneo con un cambio mucho más profundo: el debilitamiento del orden internacional que estructuró el mundo durante las últimas décadas.
Tras la caída del muro de Berlín y el fin del mundo bipolar, los 90 fueron años de globalización económica que potenciaron un proceso que ya venía desarrollándose: la democratización de buena parte del planeta. Allí parecía haber un triunfo de las ideas de Occidente.
El atentado de las Torres Gemelas, en 2001, inauguró una etapa donde la guerra dejó de ser una cuestión de estados con la emergencia del terrorismo. La crisis financiera de 2008 generó una recesión mundial profunda. La pandemia de COVID-19 mostró la otra cara de la globalización, con la rápida transmisión del virus y una respuesta científica sin precedentes, expresada en el desarrollo de vacunas en menos de un año.
Estos tres hitos tuvieron consecuencias profundas y duraderas, pero ninguno logró quebrar el andamiaje político, jurídico e institucional construido tras la Segunda Guerra Mundial. El sistema mostró fisuras, tensiones y límites, pero logró sostenerse.
Ese quiebre sí se produce ahora, con el desafío abierto, concreto y efectivo de la administración Trump al derecho internacional. A diferencia de etapas anteriores, el cuestionamiento no proviene de actores periféricos o potencias en ascenso, sino del propio promotor, defensor y garante del orden vigente.
Dos factores clave que subyacen a este proceso son el ascenso de China, que condiciona en materia productiva, económica y estratégica al dominio norteamericano, y la aceleración del cambio tecnológico, que modifica sustancialmente la manera de relacionarnos con nuestro entorno.
Durante décadas la globalización generó interdependencia económica entre territorios lejanos, expandió el comercio y relativizó las distancias geográficas con los avances de la tecnología aplicada a la comunicación.
Ahora cambian los medios más allá de los contenidos. La emergencia de las redes sociales, la proliferación de plataformas y la revolución de las apps de mensajería instantánea desestructuran, descentralizan y desinstitucionalizan.
El mundo que vio nacer a las Naciones Unidas está dejando de existir. Así como las guerras mundiales arrasaron con el derecho internacional clásico, la revolución tecnológica aplanó al derecho internacional moderno y a la arquitectura institucional que guio el desarrollo del proceso de democratización, globalización y redes comerciales de las últimas décadas.
Este cambio se trata de una revolución en un sistema antes caracterizado por la interdependencia y ahora por el desorden. Las estructuras institucionales (organismos internacionales, el mantra del libre comercio y la agenda centrada en los derechos del ser humano) que rigieron como norte los últimos ochenta años están desplomándose rápidamente.
Es fundamental abrir los ojos e interpretar esta revolución, -de la que se ocupan todos los días noticieros, podcasts y reels- junto a los cambios demográficos que señalamos en los primeros párrafos.
El envejecimiento poblacional revela que seremos menos y distintos a los que fuimos hasta hace poco. El reordenamiento geopolítico muestra, a su vez, que organismos de financiamiento, cadenas de valor, rutas comerciales y principios que regularon el planeta hasta hace poco ya no corren más. Al menos no del modo que lo hacían.
Yuval Harari señala que el homo sapiens es el único animal que pudo construir redes de cooperación flexibles que involucraron a grandes grupos. Desde allí explica el desarrollo del ser humano.
La democracia liberal debe adecuarse al tiempo que vivimos, si no lo hacemos aparecerán nuevas redes de cooperación más eficientes y sensibles a esta nueva realidad.
No se trata de resignar valores, sino de mantenerlos vigentes aún en el cambio. Solo desde allí podremos gobernar mejor con pragmatismo, flexibilidad y capacidad de leer las dos grandes revoluciones de las que somos parte.